Hay cuerpos que cambian poco a poco, casi sin que una se dé cuenta.
Y hay cuerpos que cambian de golpe.
A veces es el duelo.
A veces la enfermedad.
En mi caso, una combinación casi impensable de ambas.
Desde hace meses pienso mucho en Frida Kahlo. No solo en su pintura, sino en la manera en que habitó su cuerpo. En cómo convirtió la presencia física —atravesada por el dolor— en una forma de dignidad. Porque Frida no utilizaba el cuerpo únicamente para mostrar el sufrimiento humano: lo adornaba y lo hacía visible. Le daba una presencia deliberada.
Por supuesto, no es una comparación con ella. Pero sí siento que, durante este último tiempo, su figura me ha acompañado e incluso inspirado de una forma silenciosa.
Cuando recibí el diagnóstico, mi cuerpo dejó de ser el de antes de manera abrupta. Los tratamientos alteraron cosas profundas; no solo el aspecto físico, también el funcionamiento interno: mi cerebro y mi energía. Cambió cómo podía seguir ofreciendo el cuerpo para criar a mi hijo. Me cuestionó de nuevo mi relación con el tiempo y con la muerte. Volvió a colocarme en otro espacio social que yo no había buscado.
Hay cambios que se entienden racionalmente porque están descritos por la medicina, pero otra cosa es habitarlos.
No era la primera vez. Porque con la enfermedad y la muerte de Darío ya había sentido algo parecido: eso de transformarse en otra persona. Emocional y física. Como si el cuerpo tuviera que reorganizarse para sostener “otra” vida. Pero que no nace desde la alegría, como cuando nace un niño, sino desde una rotura.
Ocurrió de nuevo y, de una forma inesperada, empecé a responder a ese cambio a través de mi apariencia.
Nunca he sido una persona especialmente interesada en ella. Pero durante el tratamiento comencé a elegir pañuelos con flores y pájaros, con colores que antes no buscaba. Colores alegres y suaves. Telas más amables, amplias, que no oprimieran la piel.
Me reconocí en esa forma nueva de vivirme.
Recuerdo mirarme al espejo con uno de esos pañuelos en la cabeza y pensar inmediatamente en Frida. En las flores sobre el cabello. En esa decisión de no desaparecer dentro del dolor.
También cambiaron otras cosas: la forma de alimentarme, de beber agua, de descansar, de moverme. El cuidado dejó de ser una idea abstracta para convertirse en una práctica concreta. Reconocí en mí misma que también era importante.
Y comprendí algo: cuidar el cuerpo también es una forma de respeto hacia nosotros. Especialmente cuando sabes de su sobreexigencia y compruebas con sorpresa que sigue aguantando.
Hace un tiempo, mientras todavía estaba en proceso de diagnóstico, recibí un encargo muy especial relacionado con Frida Kahlo. Trabajé en aquel libro mientras mi propia vida empezaba a transformarse. Recuerdo especialmente la frase grabada en la parte trasera:
“Pies, ¿para qué los quiero si tengo alas para volar?”
He pensado mucho en esa coincidencia.
Y también he recordado otra escena, aparentemente lejana, pero profundamente unida a todo esto.
Cuando Darío era pequeño vimos juntos Coco. Aquella película abrió conversaciones inesperadas sobre la muerte, la memoria y las personas que siguen presentes aunque ya no estén. Para una celebración relacionada con Samaín decidí vestirme de Catrina. Llevaba flores en la cabeza y el rostro pintado de blanco. Entonces no pensé demasiado en ello. Solo quería participar sin resultar invasiva para él, que nunca se sintió cómodo con los disfraces.
Ahora, al ver esas fotografías, entiendo por qué esa imagen permaneció conmigo.
Y quizá por eso Frida vuelve constantemente a mi pensamiento. Porque entendió algo esencial: que el cuerpo puede convertirse en lenguaje incluso cuando deja de obedecernos. Incluso cuando está roto, o remendado, y cambia para siempre.
Y porque, de alguna manera, yo también he intentado hacer eso.
No convertir la enfermedad en relato, pero no avergonzarme de ella. No romantizar el sufrimiento ni creer que tiene sentido en sí mismo. No volverlo espectáculo, pero tampoco ocultarlo.
Solo intentar habitar este cuerpo con algo de belleza y de dignidad mientras atraviesa otra transformación.
Como quien coloca flores sobre una mesa antes de empezar a trabajar.
