Cuando nació El Códice del Eremita, hace ya casi quince años, empecé a darme cuenta de algo que no sé si antes me había pasado desapercibido: cada vez que veía una película o una serie en la que alguien escribía en un libro o redactaba una carta, mi atención se desviaba -inevitablemente- hacia ese objeto.
Es curioso cómo, en muchas de esas historias, el papel deja de ser un simple soporte para convertirse en la puerta de entrada al mundo interior de un personaje; de modo que no conocemos solo lo que hace: sabemos lo que aún no se atreve a decir en voz alta.
En todo ese lenguaje audiovisual, el libro o la carta a veces solo forman parte del atrezo. Están ahí igual que una lámpara o una silla. Recuerdo que uno de los primeros libros de gran formato que realicé fue precisamente para un documental. Debía acompañar a un personaje histórico que recreaba un viaje por mar en el siglo XVI. Aquel libro salió del taller para convertirse, durante unas horas de rodaje, en parte de otra historia.
Con los años he recibido varios encargos similares. Algunas veces llegaron a materializarse y otras se quedaron solo en una conversación, pero la idea era siempre parecida: necesitaban un libro para una obra de teatro, una producción audiovisual o una recreación histórica.
Y eso siempre me ha llevado a hacerme la misma pregunta: ¿qué se espera de un libro en una escena?
La respuesta, creo, es que se integre en el lenguaje de la historia, que exista con la misma naturalidad que el personaje que lo sostiene.
Y, en cierto modo, también deja de ser un objeto para convertirse en una prolongación de quien lo lee o escribe. Incluso cuando el libro es un coprotagonista, como ocurre en La historia interminable o con el famoso “Libro Rojo” de Bilbo Bolsón.
Estoy viendo estos días la adaptación de La casa de los espíritus, basada en la novela de Isabel Allende (uno de esos libros que permanecen en la memoria de mi primera juventud).
Por supuesto, me fascina Clara.
Y Clara escribe y deja constancia de lo vivido en sus cuadernos. De ello nace una escena en la serie que me detuvo especialmente: los diarios de Clara aparecen guardados en un viejo baúl y son recuperados años después por su nieta.
Y es que esa misma imagen lleva muchos años acompañándome… desde que empecé a encuadernar para otras personas.
Porque yo tenía en la mente una idea casi arqueológica: quería crear libros que parecieran haber atravesado el tiempo, como si alguien los hubiera encontrado en un baúl olvidado. Pero, en mi imaginación, esos libros todavía no estaban escritos. Esperaban una vida.
Y me atraía profundamente esa paradoja, esa especie de círculo temporal: un objeto memorable que pertenece al presente y al futuro.
Naturalmente, mientras veía la serie, yo sí me fijé en los diarios de Clara. ¿Cómo no hacerlo? Intenté encontrar algo especial: eran encuadernaciones que podrían reflejar épocas diferentes de la historia….
Sus diarios son discretos: papeles delicados, algún marmoleado, alguna tela desgastada…. Supongo que esa decisión es coherente con el lenguaje de la serie. El espectador no tiene que fijarse en el libro, sino en Clara, que lo sostiene, lo escribe y, más adelante, será guardado junto a todos en su baúl.
Así que mi mente empezó a jugar con otra idea: ¿cómo habrían sido los libros de Clara si ella un día hubiera cruzado la puerta de mi taller?
No porque piense que mis libros sean más bonitos, sino porque estoy convencida de que la encuadernación también puede hablar de la persona que vive en ese papel.
Imagino esa conversación.
Me hablaría de los espíritus, de las plantas, de los presagios, de esa manera tan singular de percibir un tiempo donde el pasado y el presente parecen tocarse continuamente, tanto que a veces ni siquiera sabe dónde está… mira por dónde. Como la idea que tuve hace años sobre mis libros.
Y entonces yo empezaría a hacer lo que hago siempre: buscar la piel, pensar el color, elegir los símbolos, construir un relato para esa cubierta que hablase del libro antes de ser abierto. Que el libro trascendiera la materia para convertirse en símbolo.
Sé que habría sido una conversación interesante porque, en realidad, ya han llegado varias mujeres así a mi taller, aunque haya sido a través de un correo electrónico.
He realizado libros inspirados en herbarios, en grimorios, en cartas del tarot, en animales, en árboles, en los ciclos de la naturaleza. Cada uno de ellos nació de una conversación distinta, de una persona distinta, de un universo distinto. Y, de alguna manera, también del mío…
Quizá por eso nunca he sentido que creo libros vintage. Lo que intento construir son objetos usables capaces de convertirse, algún día, en un recuerdo tan significativo como lo que contiene.
Quizá solo unos pocos espectadores reparen en un libro que aparece durante unos segundos en una escena, pero eso no significa que ese objeto sea irrelevante. Las grandes películas están construidas precisamente sobre esa suma de pequeños oficios que casi nadie ve y que, sin embargo, hacen que un mundo entero resulte verdadero.
Así que el libro en blanco también merece su lugar de honor dentro del relato. No solo como un soporte abierto donde alguien escribe, sino como un objeto capaz de contar una historia antes -incluso- de que se abra.
Al fin y al cabo, esa ha sido siempre la razón por la que hago libros tal y como los ves aquí: no simpelmente para que parezcan antiguos, sino para que algún día, cuando alguien querido lo encuentre en un baúl, sienta que contiene una vida incluso antes de empezar a leerla.

