La Meditatio del vino

Estaba yo preparando una entrada sobre Goya, cuando caí en la cuenta de que ha llegado el otoño a esta parte del mundo. Aquí en Asturias nos ha saludado con un calor bochornoso producido por un aire cálido y tormentas discretas.

Mucho se escribe sobre la primavera y menos sobre el otoño, creo, como no sea para hablar de la melancolía del fin del calor y el comienzo de las lluvias. Con el otoño se acaban para muchos las vacaciones. Los días merman, hace un poco más de frío y apetece recogerse en casa, pero otros amanecen soleados y calurosos, como si se arrepintiese de haber llegado. Las televisiones se empeñan en recordarnos que ha llegado el otoño, que ya se acabó lo bueno, y qué tristeza más grande.

Para los melancólicos que consideren que sólo la primavera nos regala con un estallido de vida, diré que es ahora cuando nos devuelve los frutos. Mi madre estaba preocupada de que este viento echara por tierra las pocas manzanas que hay este año. También nos inquieta el que ahora comenzase a llover con fiereza, mellando las uvas maduras. Así que en mi caso, la preocupación por el inicio de esta estación comienza y termina justo ahí.

Los paisajes que se encuentran de camino de Asturias a León serán ahora de una belleza extasiante. Y cambiante. Al principio, los tonos dorados asoman de forma tímida para dejar paso a toda una variedad de colores inimitables. Esos colores no se limitan a los árboles, sino que llenan el suelo también. El olor de la tierra se hace más intenso.

Es momento de vendimias. Las fotografías que os muestro las hice en una de ellas, algunas mientras echábamos las diez, que se dice al momento de descanso para dar un poco de gusto al estómago; otras sacando la cámara para pillar ciertos momentos clave. No hace falta que os cuente cómo acabó ésta. Digamos que, siendo su primera entrada en ese mundo, tuvo también su ración de lagaretas.

En todo caso mereció la pena, porque ya iba siendo hora de que tuviésemos un recuerdo visual de ese evento familiar. Un par de años después, ya con El códice del Eremita rodando, quise que éste tuviese su pequeño rincón en ese entorno querido para mí, como una pieza más recoger y dar lo mejor de sí mismo en un caldo que debía ser manejado con tesón, paciencia, cariño y sobre todo disfrutando de cada momento. No en vano también es un fruto de la tierra, con su propio olor y tacto, con las mismas ilusiones y perspectivas de futuro; que puede malograrse por un giro del destino, pero que también puede enderezarse y sorprender con el resultado.

Una amiga me mostró parte del sentido de todas esas sensaciones: tener los pies en la tierra. Es decir: sentir nuestras raíces. No en referencia a nuestro origen ni a ningún tipo de sentimiento territorial. En un  piso de cemento de cualquier sitio está uno suspendido y corre el riesgo de olvidar dónde pone los pies; si los tiene siquiera.

Me gusta ver las fotografías de la Meditatio en plena vendimia, contrastando con esos colores, compartiendo su olor. Me gusta ver las fotografías del proceso, ahora colgadas en la bodega. Son inspiradoras.

Me recuerdan la necesidad que seguimos teniendo de sembrar y de recoger, de que todo lo bueno necesita de tiempo y de sólo una pizca de suerte, de no temer pedir ayuda cuando sea necesario, de ser paciente, de disfrutar del proceso. Y, sobre todo, de permitirnos disfrutar del resultado: olerlo, saborearlo.

Aunque el placer fuese tan breve como una copa de vino.

Vago… e invito a vagar a mi alma.

Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra

para ver cómo crece la hierba del estío.

Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,

de esta tierra y de estos vientos.

(Walt Whitman)

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2 Comentarios

  1. Ruth

    MMMMMMMMmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm

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